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Quién fue Jerónimo de Ayanz y Beaumont

Todo el mundo piensa que la invención de la máquina de vapor se debe a un inglés, o que el primer diseño de un avión se debe a dos hermanos americanos, o que los primeros en montar en globo fueron otros dos hermanos, esta vez franceses.

Bien, es lo que tiene  (aparte de la indudable valía de todos ellos) estar en el sitio adecuado en el momento preciso. Pero pudiera ser que todos ellos no fueran los primeros en inventar, descubrir o idear el artefacto o la teoría que les hizo famosos.

Esto ha ocurrido en todos los países y en todas las épocas, y los “genios” anteriores a los finalmente encumbrados a la gloria han sido en general olvidados, y se merecen un recuerdo y un reconocimiento. Por mi condición de español, y porque me da la gana, me centraré en el reconocimiento y el recuerdo de los españoles olvidados.

No pretendo seguir un orden cronológico, o de importancia histórica (que además sería un criterio muy subjetivo)… simplemente  me gustaría ir comentando de manera desenfadada casos que con el tiempo he ido leyendo, escuchando, descubriendo… y comprobando que son desconocidos para una gran mayoría de nuestro compatriotas.

Así que comenzaré por el primero que he mencionado más arriba, la máquina de vapor.

Todo el mundo piensa que la máquina de vapor fue inventada por James Watt en 1769, y es cierto que fue él quien en esa fecha desarrolló un motor a vapor con cámara de condensación para uso práctico (curiosamente el primer uso fue bombear agua de minas inundadas), y que quizá por ello, y por el desarrollo y posterior aplicación a máquinas de ferrocarril y barcos, se le diera su apellido al nombre de la medida de potencia en el Segundo Congreso de la Asociación Británica por el Avance de la Ciencia en 1889  y por la undécima Conferencia General de Pesos y Medidas de 1960.

Pero resulta que a finales del siglo XVI, un navarro de pro, español orgulloso, militar reconocido, músico, cosmógrafo, con un cerebro privilegiado y una fuerza descomunal (según se decía, tumbaba a un caballo como lo hacía Conan con el camello, de una bofetada) ya inventó y patentó (patente registrada en 1606) una máquina de vapor para extraer agua de las minas, e incluso diseñó, basado en el mismo sistema, una especie de “aire acondicionado” utilizando de nieve (sistema de refrigeración que no volvería a utilizarse hasta el siglo XX), para que las condiciones en las minas fuesen menos duras.

Y no solo eso: “…entre sus patentes están una bomba para desaguar barcos, un precedente del submarino, un traje de buceo, una brújula que establecía la declinación magnética, un horno para destilar agua marina a bordo de los barcos, balanzas “que pesaban la pierna de una mosca”, piedras de forma cónica para moler, molinos de rodillos metálicos (se generalizarían en el siglo XIX), bombas para el riego, la estructura de arco para las presas de los embalses, un mecanismo de transformación del movimiento que permite medir el denominado “par motor” es decir, la eficiencia técnica, algo que sólo siglo y pico después iba a volver a abordarse…”

El personaje en cuestión se llamaba Jerónimo de Ayanz y Beaumont

( Guenduláin (Navarra) 1553 - Madrid 23 de marzo de 1613)

y llegó a patentar 48 inventos auténticamente revolucionarios y avanzados para su época. Y es una de esas figuras que debería estudiarse en la asignatura de historia de los colegios, tanto por el ejemplo que supone como por lo entretenido de su vida y obras y el contexto político-histórico en que se desarrollaron (imposibles de reseñar en un artículo corto)

En palabras de José Javier Esparza (http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=2280),  “Don Jerónimo de Ayanz y Beaumont fue uno de los mayores talentos de la historia de España. En muchos de sus planteamientos se adelantó dos siglos al nivel tecnológico de su tiempo. Algunos de sus inventos se hicieron de uso común; otros tendrían que esperar siglos para ser llevados a la práctica, porque no se contaba con los materiales adecuados ni se conocía bien el principio científico que los animaba. En todo caso, su obra habría sido imposible si la España de los siglos de oro no hubiera poseído un nivel científico muy superior al que la historia convencional nos cuenta. Y a don Jerónimo hay que recordarle como lo que fue: un verdadero genio.”

Así que, según esto, la medida de potencia (con permiso de Herón de Alejandría y algún otro que por no ser españoles, no considero), debería de ser el Ayanzio, o el Jeronímetro… pero a ver cómo le dices a un inglés que pronuncie eso… dejémosles que sigan pensando que el mérito lo tenía un tío que bebía té en lugar de patxarán, pero no nos olvidemos de que el patxarán sabe mucho mejor…